Intensidad y exceso, dos términos que
definen a la perfección “Más allá de las colinas”. Intensidad
en su historia, en sus personajes, en esos larguísimos planos
secuencias marca de la casa del director y también en la tragedia
que envuelve el aura del film. Pero también exceso en la
reiteración, en alargar innecesariamente el tormento y en la
‘spesez’ del drama.
El rumano Cristian Mungiu vuelve al
drama con el que cosechó tan buenas críticas gracias a la
impactante “4 meses, 3 semanas y 2 días” después del impás que
se permitió con la cómica –aunque plagada de humor negro–
“Historias de la edad de oro”.
Con “Más allá de las colinas”,
Mungiu trata de repetir algunas de las fórmulas con las que ya probó
las mieles del éxito, y a buena fe que lo consigue. Cámara en mano
vuelve a trasladarnos la angustia de la protagonista creando una
atmósfera claustrofóbica, en la apenas hay espacio para respirar en
ese monasterio lleno de monjas y curas que tienen “absorbido” el
cerebro de su amiga. Por el contrario ella, la religiosa que no
quiere saber nada de su antigua vida, aparece representada
enclaustrada en el monasterio; pero a diferencia de la protagonista
ella no ve las barreras que imponen los otros, por lo que aparece con
más “luz”, más abierta, pero no por ello menos perturbadora con
sus hipnóticos rezos cantados.
La agobiante situación de la
protagonista no es debido solamente a la vida monacal, su lucha para
recuperar a su amiga se topa con la indiferencia y la insolencia de
los demás, que la deja atrapada entre los muros de aire de un mundo
impermeable y ajeno a ella.
El problema es la reiteración. 150
minutos se antojan excesivos para una historia simple aunque llena de
matices. Sin embargo, entre ese desmesurado metraje, encontramos
algunos momentos de auténtica magia cinematográfica de la mano de
un director que es capaz de convertir en arte los momentos más
tediosos y oscuros.
Todo a través de esos largos planos
secuencias grabados cámara a hombro y con una cuidadísima
fotografía, en la estela del cine rumano de los últimos años que
ha entusiasmado a los seguidores del cine europeo. Uno de los
aciertos de Mungiu radica en la elección de actores para interpretar
unos personajes que parecen auténticos en todo momento. Si fuéramos
a la puerta de cualquier cine donde proyectaran la película y
dijéramos a los espectadores que el director y su equipo fueron a un
monasterio para rodar a monjas y sacerdotes reales nadie lo pondría
en duda.
El mejor punto: La humanidad que
transmite la protagonista y algunas secuencias en los parajes
rumanos realmente sobrecogedoras
El peor punto: Su excesivo metraje, que
convierte la cinta en solo apta para los fans del director
Valoración: 2/5
Publicado originalmente por Fernando Muñoz Gómez en Punto de Encuentro Complutense


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